Al ser llamado un estudiante,
éste se aproximaba al frente del salón (mientras el público presente le daba
sus aplausos), parándose justo delante de la testera, sobre una tarima en la
cual se encontraban tres autoridades (la
rectora Lauren Müller de Pacheco, el
presidente de la Fundación UPSA, Héctor Justiniano, y el decano de la facultad
a la cual pertenecía el premiado), esperando para entregarle las distinciones
pertinentes, y estrecharle la mano, darle un abrazo o unas palmaditas en el
hombro. Luego el becado regresaba a su asiento.
En toda esta rutina, los
aplausos que brindaba la audiencia duraban aproximadamente desde que el estudiante
llamado se paraba para acercarse, hasta que llegaba a la tarima, y comenzaba el
proceso de estrechar manos y dar abrazos.
Y esta secuencia fue
repitiéndose una y otra vez. Hasta que por los altavoces fue pronunciado el nombre
de un estudiante de la carrera de Diseño Gráfico, y la ronda de aplausos
superó su promedio de duración, extendiéndose hasta que el joven recibió sus
distinciones, continuando mientras estrechaba la mano de la rectora, del
ingeniero Justiniano y de la decana de la facultad de Humanidades y,
finalmente, atenuándose a medida que retrocedía hasta volver junto al público.
¿Cuál fue la razón por la cual
los aplausos duraron más en aquella ocasión que en las que le antecedieron y
las que le sucedieron? ¿Qué había de diferente? Pues bien, la única diferencia
notoria es que el joven en cuestión se encontraba en silla de ruedas.
Aquel suceso se grabó en mi
memoria, y en el momento en el que mis sentidos lo iban registrando, creció en
mi un sentimiento de contrariedad.
¿Por qué el público le
aplaude más al joven que fue a recibir sus reconocimientos en silla de ruedas?
Quizás su intención era hacerlo sentir bien, pero comencé a cavilar…
Es una frase cliché eso de que “ellos también pueden”, y
muchas veces la sociedad celebra con gran pompa los logros de aquellas personas
con discapacidades, precisamente para reforzar aquella frase, como una especie
de fórmula motivacional. Y quizás (lógicamente y obedeciendo a una recta
moralidad) la parte de la sociedad compuesta por individuos que no padecen
discapacidades busca minimizar esas diferencias, demostrar que “la otra parte”
tiene las mismas oportunidades y capacidades, y no deben ser tratados de forma
distinta (es decir, discriminados o alejados, como si existiera una brecha
invisible entre una y otra parte).
Pero en ocasiones, en este
intento de hacerlos sentir integrados, puede conseguirse el efecto contrario.
Lo plantearé así: si yo tuviera alguna
discapacidad (física o mental), me gustaría que me trataran exactamente igual
que al resto de la gente, sin hacer distinciones. No quisiera un trato, digamos, privilegiado, o
preferencial, porque ese trato estaría motivado por mi discapacidad, por mi
evidente diferencia. Y ese trato marcaría más esa brecha, aun si fuese hecho
con las mejores intenciones.
Llevando este ejemplo al caso
observado (la premiación al joven en silla de ruedas), puedo decir que tal vez
al estudiante no le molestó la larga ronda de aplausos, pero de vez en cuando
convendría detenernos a pensar: ¿si él no estuviera en silla de ruedas, le
habríamos aplaudido igual?
Si la respuesta es no, quiere
decir que con nuestra acción estaríamos remarcando una diferencia que no lo
hace realmente distinto al resto.
¿Por qué así? Tratemos a
todos por igual, porque al final, todos somos seres humanos.
Y ojo, que no estoy
censurando a nadie por pretender que un individuo se sienta bien ante sus
logros. Pero en el momento en el que unos aplausos duran más para alguien que
para el resto, habría que preguntarse ¿por qué lo hacemos? ¿Por qué le
aplaudimos más? No vaya a ser que nuestras acciones estén movidas por la silla
que utiliza para movilizarse, y no por nuestra apreciación a su logro.
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