sábado, 4 de octubre de 2014

Opinión: Diferencias

  El día jueves 2 de octubre de este año asistí al acto de entrega de becas a la excelencia que se realizó en el Centro de Convenciones de la UPSA. Luego de las presentaciones de las autoridades presentes en testera, y los discursos de protocolo,  los estudiantes ganadores de esta distinción comenzaron a ser llamados para recibir un diploma y una agenda de regalo. Y todo este evento hubiera quedado sólo como una noticia más de no ser porque en su transcurso se dieron ciertos detalles  que se quedaron en mi mente y  me hicieron reflexionar, inspirándome a escribir el artículo que ahora usted, estimado lector, está “absorbiendo”.

Al ser llamado un estudiante, éste se aproximaba al frente del salón (mientras el público presente le daba sus aplausos), parándose justo delante de la testera, sobre una tarima en la cual se encontraban  tres autoridades (la rectora Lauren Müller de Pacheco,  el presidente de la Fundación UPSA, Héctor Justiniano, y el decano de la facultad a la cual pertenecía el premiado), esperando para entregarle las distinciones pertinentes, y estrecharle la mano, darle un abrazo o unas palmaditas en el hombro. Luego el becado regresaba a su asiento.

En toda esta rutina, los aplausos que brindaba la audiencia duraban aproximadamente desde que el estudiante llamado se paraba para acercarse, hasta que llegaba a la tarima, y comenzaba el proceso de estrechar manos y dar abrazos.

Y esta secuencia fue repitiéndose una y otra vez. Hasta que por los altavoces fue pronunciado  el nombre  de un estudiante de la carrera de Diseño Gráfico, y la ronda de aplausos superó su promedio de duración, extendiéndose hasta que el joven recibió sus distinciones, continuando mientras estrechaba la mano de la rectora, del ingeniero Justiniano y de la decana de la facultad de Humanidades y, finalmente, atenuándose a medida que retrocedía hasta volver junto al público.

¿Cuál fue la razón por la cual los aplausos duraron más en aquella ocasión que en las que le antecedieron y las que le sucedieron? ¿Qué había de diferente? Pues bien, la única diferencia notoria es que el joven en cuestión se encontraba en silla de ruedas.

Aquel suceso se grabó en mi memoria, y en el momento en el que mis sentidos lo iban registrando, creció en mi un sentimiento de contrariedad.

¿Por qué el público le aplaude más al joven que fue a recibir sus reconocimientos en silla de ruedas? Quizás su intención era hacerlo sentir bien, pero comencé a cavilar…

Es una frase  cliché eso de que “ellos también pueden”, y muchas veces la sociedad celebra con gran pompa los logros de aquellas personas con discapacidades, precisamente para reforzar aquella frase, como una especie de fórmula motivacional. Y quizás (lógicamente y obedeciendo a una recta moralidad) la parte de la sociedad compuesta por individuos que no padecen discapacidades busca minimizar esas diferencias, demostrar que “la otra parte” tiene las mismas oportunidades y capacidades, y no deben ser tratados de forma distinta (es decir, discriminados o alejados, como si existiera una brecha invisible entre una y otra parte).

Pero en ocasiones, en este intento de hacerlos sentir integrados, puede conseguirse el efecto contrario.

 Lo plantearé así: si yo tuviera alguna discapacidad (física o mental), me gustaría que me trataran exactamente igual que al resto de la gente, sin hacer distinciones. No quisiera  un trato, digamos, privilegiado, o preferencial, porque ese trato estaría motivado por mi discapacidad, por mi evidente diferencia. Y ese trato marcaría más esa brecha, aun si fuese hecho con las mejores intenciones.

Llevando este ejemplo al caso observado (la premiación al joven en silla de ruedas), puedo decir que tal vez al estudiante no le molestó la larga ronda de aplausos, pero de vez en cuando convendría detenernos a pensar: ¿si él no estuviera en silla de ruedas, le habríamos aplaudido igual?

Si la respuesta es no, quiere decir que con nuestra acción estaríamos remarcando una diferencia que no lo hace realmente distinto al resto.

¿Por qué así? Tratemos a todos por igual, porque al final, todos somos seres humanos.

Y ojo, que no estoy censurando a nadie por pretender que un individuo se sienta bien ante sus logros. Pero en el momento en el que unos aplausos duran más para alguien que para el resto, habría que preguntarse ¿por qué lo hacemos? ¿Por qué le aplaudimos más? No vaya a ser que nuestras acciones estén movidas por la silla que utiliza para movilizarse, y no por nuestra apreciación a su logro.

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