jueves, 20 de noviembre de 2014

La gacela violadora fue ejecutada por la mona uniformada



Si no se le paga a la Policía Boliviana, no hace nada.

Frías miradas carentes de empatía, sin traductor y con rabia verde por el dolor, estaba parado, junto al ministro de la colonia, el joven Jacob, con la juventud por delante y la vergüenza por detrás, que arrastra desde su casa desde la Navidad del 2013. Con esos ojos celestes llenos de problemas abrió la cartera después de escuchar la traducción tosca en spaninglés del teniente Mamani “Serán 20 grandes Twoo Tousans menona...” 


Dos semanas después, como la policía de Gran Chaco no hizo nada, firmando una pila de papeles, guardados celosamente  fueron dejados en la avenida Arce donde está el Ministerio de Gobierno, con la ventisca paceña y los voceadores chillones de los minibuses que les traían recuerdos de las ovejas en la colonia. “Hola hermano, sí, haz que se prepare el grupo Delta, es para un operativo de cacería en la colonia del sur del Gran Chaco, que salgan lo más antes posible, ya está todo cancelado y el ministro dio luz verde,” la orden del teniente se escuchó con retumbantes eses por teléfono y colgó.



En la colonia, con el sur encima, aumentaba la tristeza que ya por mucho podía percibirse. Ni risas, ni juegos. No había a la vista ningún niño como era de costumbre verlos por los alrededores. Hasta los perros estaban encerrados, pero hambrientos de justicia. Era obvio, todos estaban a la espera de Jacob. Ella, tan joven y tan marcada, ahora por un acto de violencia y lujuria pura, por más que gritó con todo el aliento que tenía y el llanto que abundaba para limpiar la vista y el alma, no pudo evitar o por lo menos siquiera detener a ese protagonista de sus pesadillas de ahí para adelante.



Quién lo diría, días atrás todo era tan tranquilo hasta ese domingo, donde todos descansan después del arduo trabajo de la semana. Los mayores, en casa, al igual que los niños con sus madres, los jóvenes en los graneros para convivir, todos conocidos menos uno, uno que no pertenecía a la colonia, uno que acechaba esperando la oportunidad perfecta y hacer daño, como ya estaba acostumbrado.

Vista perdida, manos ásperas y después de botar el humo, la encontró. Ahí fue cuando Karenina selló el encuentro desafortunado con Pilancho. “Cállate gritona, aquí nadie te va a escuchar, no lo hagas más difícil que quiero que estés limpia, pero como quieras. Por mí esto es más divertido…” entre risas nerviosas cargadas de rabia reprimida, golpe tras golpe, Karenina tirada en el suelo solo pidió por sus niños que estaban mirando, “Por favor, a mis niños no les hagas nada, por favor  ten amor a Dios, no me hagas esto…”



Él, girando la vista ahora en dirección hacia a las criaturas, que solo lloraban por los movimientos bruscos y gritos de la madre que en alemán les repetía  para calmarlos, fue cuando en cuestión de dos respiradas cortas Pilancho  gritó… ¡…Silencio Mierda…! Agarrando a las dos niñas y empujando al hermano menor de ellas, en el camino y agachándolos boca abajo los dejó tirados en el suelo. “No se levanten, si no… (golpeaba las cabezas de los niños, presionándolos contra el suelo)… ya entienden, así me gusta…”



Así volvió donde había dejado casi inconsciente a la madre, repitiendo la hermosura de hembra que ella era y lástima que no sabía comportarse, que bien merecidos tenía los cortes en el cuerpo y en la boca, para que aprenda un poco de obediencia hacia el hombre. “Mírame cuando te estoy tocando, no llores parece que no te gustara, cállate, me desesperan tus lloriqueos (le sacó las medias y se las puso en la boca) Ahora sí, eres toda mía…” cerró las puertas del granero y un momento equivocado,  en un lugar equivocado, se convirtió en parte de su piel, donde marcas quedaron.



Parpadeando y con sudor frío que le recorría por todo el rostro, Jacob notó que llegaron a Yacuiba. Bajó de la flota con el ministro, recogieron sus equipajes y se fueron directo al centro, hacia el bufete de la abogada que atendía el caso de Jacob y Karenina. 

La doctora, abanicándose por las altas temperaturas  recibió con una sonrisa cordial, pero consciente del caso, retomando la seriedad que la caracteriza. Preguntó “¿Cómo les fue en La Paz?”

El ministro, comentando con la doctora sobre el acuerdo que habían sellado, las personas que los habían atendido y la preocupación del estado mental de Jacob porque desde el suceso él  se había tornado poco sociable, estaba totalmente retraído y con la vista perdida. “Doctora me preocupa bastante, él no está bien, lo que queremos es que esto se acabe, que todo termine, no queremos más daños en la colonia, queremos justicia.”



Y esa misma mañana se despidieron y sin perder más tiempo tomaron el expreso que pasa por la Av. Santa Cruz que los lleva directo a la Colonia del Sur, y al sentarse el ministro dijo en voz reconfortante: “Ya nos vamos a casa, Jacob, a ver a tus hijos y a Karenina…” Jacob solo emitió como respuesta un quejido que tal vez se podría confundir con un suspiro, pero era tal vez la tos del resfrío mal curado que tenía.



El tiempo suele curar las heridas, hacer olvidar y superar cualquier momento difícil y más aún cuando estás en Bolivia, aquí esto se lo toman en serio, es por eso que dejan todo en manos del tiempo. Fue así que la lista de víctimas aumentó a tres, y la desesperación empezaba a desbordar en la comunidad Bagual (comunidad próxima a la Colonia del Sur, en la provincia Gran Chaco, Tarija) “El hijo del viejo Gallo, es un chango loco no tiene Dios ni diablo, él está sin ama hace mucho tiempo ya, hasta te digo así en confianza, el desde niño era así, sufrió mucho nadie se encargó de él cuándo se lo tenía que cuidar y estas son las consecuencias…”





La mañana, por cumplirse los 6 meses de la visita a La Paz al Ministerio de Gobierno, llegó el grupo Delta. Puros uniformados hombres y mujeres, que con armas en ambas manos y un par más en las piernas por si acaso, se adentraron al monte, de cacería.

En la finca más cercana del Turco Alí se asentaron los “deltas” para recibir datos sobre la ubicación exacta de Pilancho, que eran brindadas por un amigo suyo, por la confidencialidad lo llamaremos (Rata). “Está aquí en la finca de su abuelo, están festejando y hay full chupa, amanecida, esto no va a terminar hoy, yo creo que hasta el sábado sigue. Lo mejor es que vengan de una vez, antes que se vaya a cometer más huevadas por la comunidad…”



Sin respiro alguno para dudar llegaron en dos vagonetas particulares a la entrada de horcones de madera pesados, bajando en un dos por tres, recargando las armas, patearon todo a su alrededor entrando a las casas, los perros, delatando el operativo, avisaron tarde a Pilancho que se despertó tratando de correr. Lo maniataron empujándolo al piso. Esto no se acaba aquí, a este hombre nadie lo rastrea dos veces, de una manera casi elástica pudo zafarse de las manillas y de dos patadas y cabezazos apartó a la policía que pidiendo refuerzos empezó a disparar.



Saltando como gacela en media cacería, cuando sabe que los latidos los tiene contados y por más que brinque alto y esquive dos o tres agentes especiales las balas son reales, como la sangre que brotaba por su brazo, y de pronto el ultimo estallido, que dio certero en el pecho de este muchacho. Ahí en el lugar donde se supone que se encuentra el corazón, órgano vital del cual la gente aseguraba que no tenía, pues ese hombre era lo mas maldito que nació en esas tierras.





Y así fue desmintiendo a todas las lenguas que seco y frío cayó directo al piso, aquel hombre que nunca sintió remordimientos, aquel hombre que robaba y destruía todo a su paso, casi inmortal, nunca temió ni pidió perdón. A las 03:45 AM dan por muerto a Pilancho, llevándolo en la vagoneta directo a la morgue del hospital Dr. Zelaya, en Yacuiba.



Como cargamento pusieron los restos del cuerpo en la camilla del fondo esperando a dar parte a los familiares, dos horas más tarde aparecieron los más cercanos (la madre, los hermanos). Dolor, olor putrefacto a indiferencia, miradas de reproche, silencio y un llanto sincero que se escuchaba hasta la puerta principal, el de su madre.



“Si acatamos la ley de ojo por ojo, todos terminaremos ciegos…” Y si la mona, como le dicen a la policía que hizo el disparo justiciero, hoy mató a la gacela violadora. La forraron tanto a la mona, que hasta se compró vestido nuevo.

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