Si
no se le paga a la Policía Boliviana, no hace nada.
Frías
miradas carentes de empatía, sin traductor y con rabia verde por el dolor,
estaba parado, junto al ministro de la colonia, el joven Jacob, con la juventud
por delante y la vergüenza por detrás, que arrastra desde su casa desde la Navidad del 2013. Con esos
ojos celestes llenos de problemas abrió la cartera después de escuchar la
traducción tosca en spaninglés del teniente Mamani “Serán 20 grandes Twoo
Tousans menona...”
Dos semanas después, como la policía de Gran Chaco no hizo nada, firmando una pila de papeles, guardados celosamente fueron dejados en la avenida Arce donde está el Ministerio
de Gobierno, con la ventisca paceña y los voceadores chillones de los minibuses
que les traían recuerdos de las ovejas en la colonia. “Hola hermano, sí, haz que se prepare el grupo Delta, es para un
operativo de cacería en la colonia del sur del Gran Chaco, que salgan lo más
antes posible, ya está todo cancelado y el ministro dio luz verde,” la orden del teniente
se escuchó con retumbantes eses
por teléfono y colgó.
En
la colonia, con el sur encima, aumentaba la tristeza que ya por mucho podía
percibirse. Ni risas, ni juegos. No había a la vista ningún niño como era de
costumbre verlos por los alrededores. Hasta los perros estaban encerrados, pero
hambrientos de justicia. Era obvio, todos estaban a la espera de Jacob. Ella,
tan joven y tan marcada, ahora por un acto de violencia y lujuria pura, por más
que gritó con todo el aliento que tenía y el llanto que abundaba para limpiar
la vista y el alma, no pudo evitar o por lo menos siquiera detener a ese protagonista
de sus pesadillas de ahí para adelante.
Quién
lo diría, días atrás todo era tan tranquilo hasta ese domingo, donde todos
descansan después del arduo trabajo de la semana. Los mayores, en casa, al
igual que los niños con sus madres, los jóvenes en los graneros para convivir,
todos conocidos menos uno, uno que no pertenecía a la colonia, uno que acechaba
esperando la oportunidad perfecta y hacer daño, como ya estaba acostumbrado.
Vista
perdida, manos ásperas y después de botar el humo, la encontró. Ahí fue cuando
Karenina selló el encuentro desafortunado con Pilancho. “Cállate gritona, aquí
nadie te va a escuchar, no lo hagas más difícil que quiero que estés limpia,
pero como quieras. Por mí esto es más divertido…” entre risas nerviosas
cargadas de rabia reprimida, golpe tras golpe, Karenina tirada en el suelo solo
pidió por sus niños que estaban mirando, “Por favor, a mis niños no les hagas
nada, por favor ten amor a Dios, no me
hagas esto…”
Él,
girando la vista ahora en dirección hacia a las criaturas, que solo lloraban
por los movimientos bruscos y gritos de la madre que en alemán les repetía para calmarlos, fue cuando en cuestión de dos
respiradas cortas Pilancho gritó…
¡…Silencio Mierda…! Agarrando a las dos niñas y empujando al hermano menor de
ellas, en el camino y agachándolos boca abajo los dejó tirados en el suelo. “No
se levanten, si no… (golpeaba las cabezas de los niños, presionándolos contra
el suelo)… ya entienden, así me gusta…”
Así
volvió donde había dejado casi inconsciente a la madre, repitiendo la hermosura
de hembra que ella era y lástima que no sabía comportarse, que bien merecidos
tenía los cortes en el cuerpo y en la boca, para que aprenda un poco de
obediencia hacia el hombre. “Mírame cuando te estoy tocando, no llores parece
que no te gustara, cállate, me desesperan tus lloriqueos (le sacó las medias y se
las puso en la boca) Ahora sí, eres toda mía…” cerró las puertas del granero y
un momento equivocado, en un lugar
equivocado, se convirtió en parte de su piel, donde marcas quedaron.
Parpadeando
y con sudor frío que le recorría por todo el rostro, Jacob notó que llegaron a
Yacuiba. Bajó de la flota con el ministro, recogieron sus equipajes y se fueron
directo al centro, hacia el bufete de la abogada que atendía el caso de Jacob y
Karenina.
La
doctora, abanicándose por las altas temperaturas recibió con una sonrisa cordial, pero consciente
del caso, retomando la seriedad que la caracteriza. Preguntó “¿Cómo les fue en
La Paz?”
El
ministro, comentando con la doctora sobre el acuerdo que habían sellado, las
personas que los habían atendido y la preocupación del estado mental de Jacob
porque desde el suceso él se había
tornado poco sociable, estaba totalmente retraído y con la vista perdida.
“Doctora me preocupa bastante, él no está bien, lo que queremos es que esto se
acabe, que todo termine, no queremos más daños en la colonia, queremos
justicia.”
Y
esa misma mañana se despidieron y sin perder más tiempo tomaron el expreso que
pasa por la Av. Santa Cruz que los lleva directo a la Colonia del Sur, y al sentarse
el ministro dijo en voz reconfortante: “Ya nos vamos a casa, Jacob, a ver a tus
hijos y a Karenina…” Jacob solo emitió como respuesta un quejido que tal vez se
podría confundir con un suspiro, pero era tal vez la tos del resfrío mal curado
que tenía.
El
tiempo suele curar las heridas, hacer olvidar y superar cualquier momento
difícil y más aún cuando estás en Bolivia, aquí esto se lo toman en serio, es
por eso que dejan todo en manos del tiempo. Fue así que la lista de víctimas
aumentó a tres, y la desesperación empezaba a desbordar en la comunidad Bagual
(comunidad próxima a la Colonia del Sur, en la provincia Gran Chaco, Tarija) “El hijo del viejo Gallo, es
un chango loco no tiene Dios ni diablo, él está sin ama hace mucho tiempo ya,
hasta te digo así en confianza, el desde niño era así, sufrió mucho nadie se encargó
de él cuándo se lo tenía que cuidar y estas son las consecuencias…”
La
mañana, por cumplirse los 6 meses de la visita a La Paz al Ministerio de Gobierno,
llegó el grupo Delta. Puros uniformados hombres y mujeres, que con armas en
ambas manos y un par más en las piernas por si acaso, se adentraron al monte,
de cacería.
En
la finca más cercana del Turco Alí se asentaron los “deltas” para recibir datos
sobre la ubicación exacta de Pilancho, que eran brindadas por un amigo suyo,
por la confidencialidad lo llamaremos (Rata). “Está aquí en la finca de su
abuelo, están festejando y hay full chupa, amanecida, esto no va a terminar
hoy, yo creo que hasta el sábado sigue. Lo mejor es que vengan de una vez,
antes que se vaya a cometer más huevadas por la comunidad…”
Sin
respiro alguno para dudar llegaron en dos vagonetas particulares a la entrada
de horcones de madera pesados, bajando en un dos por tres, recargando las armas,
patearon todo a su alrededor entrando a las casas, los perros, delatando el
operativo, avisaron tarde a Pilancho que se despertó tratando de correr. Lo
maniataron empujándolo al piso. Esto no se acaba aquí, a este hombre nadie lo
rastrea dos veces, de una manera casi elástica pudo zafarse de las manillas y de
dos patadas y cabezazos apartó a la policía que pidiendo refuerzos empezó a
disparar.
Saltando
como gacela en media cacería, cuando sabe que los latidos los tiene contados y
por más que brinque alto y esquive dos o tres agentes especiales las balas son
reales, como la sangre que brotaba por su brazo, y de pronto el ultimo
estallido, que dio certero en el pecho de este muchacho. Ahí en el lugar donde
se supone que se encuentra el corazón, órgano vital del cual la gente aseguraba
que no tenía, pues ese hombre era lo mas maldito que nació en esas tierras.
Y
así fue desmintiendo a todas las lenguas que seco y frío cayó directo al piso,
aquel hombre que nunca sintió remordimientos, aquel hombre que robaba y
destruía todo a su paso, casi inmortal, nunca temió ni pidió perdón. A las
03:45 AM dan por muerto a Pilancho, llevándolo en la vagoneta directo a la
morgue del hospital Dr. Zelaya, en Yacuiba.
Como
cargamento pusieron los restos del cuerpo en la camilla del fondo esperando a
dar parte a los familiares, dos horas más tarde aparecieron los más cercanos
(la madre, los hermanos). Dolor, olor putrefacto a indiferencia, miradas de
reproche, silencio y un llanto sincero que se escuchaba hasta la puerta
principal, el de su madre.
“Si
acatamos la ley de ojo por ojo, todos terminaremos ciegos…” Y si la mona, como le dicen a la policía que hizo el
disparo justiciero, hoy mató a la gacela violadora. La forraron tanto a la mona,
que hasta se compró vestido nuevo.
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