martes, 18 de noviembre de 2014

Sin saber qué ser ''cuando sea grande''

Parado, notándosele la cara de hambre al mirar con sus ojos deseosos a los restaurantes del frente, donde a esa hora hay mucha gente almorzando, sudando por los más de 38 grados centígrados, sintiendo en sus pies el retumbar de los vehículos que pasaban cerca de él y en su piel sucia, los sofocantes rayos de sol de mediodía, estaba Joel, un niño de 10 años que esperaba atento que el semáforo del cuarto anillo y Paraguá cambie a rojo para que los motorizados se detengan y el pueda hacer en esos pocos segundos demostraciones acróbatas a cambio de algunas monedas. Cuando le pregunté si iba a la escuela me confesó tímido, con la sonrisa apagada y una ligera mirada al piso que él no iba a la escuela y que a diferencia de muchos niños de su edad que sueñan con el futuro, él no sabía qué quería ser ''cuando sea grande''.

Ese es su día a día, salir de su casa a las seis de la mañana, que es muy lejana a la avenida Paraguá y tomar una línea de micro que lo lleve al cuarto anillo y luego de de nueve horas o tal vez  más, retornar a casa. Algunas veces su madre lo acompaña y la veo sentada en la parada de buses de la esquina que de vez en cuando llama a su hijo para recibir las monedas que él obtuvo.

No estaba acompañado de su madre ese día, pero sí de otros niños acróbatas amigos de él que salían del canal donde después de descansar por algunos minutos bajo la única sombra gracias a un inclinado árbol, volvían a su zona de trabajo, al igual que Joel, tenían confusas sus fechas de nacimiento, así que seguramente no sabían bien que día era su cumpleaños, su única preocupación diaria era perfeccionar sus acrobacias y tener más público para llevar más dinero a casa.


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