Parado, notándosele la cara de hambre al mirar con sus ojos
deseosos a los restaurantes del frente, donde a esa hora hay mucha gente
almorzando, sudando por los más de 38 grados centígrados, sintiendo en sus pies
el retumbar de los vehículos que pasaban cerca de él y en su piel sucia, los
sofocantes rayos de sol de mediodía, estaba Joel, un niño de 10 años que
esperaba atento que el semáforo del cuarto anillo y Paraguá cambie a rojo para
que los motorizados se detengan y el pueda hacer en esos pocos segundos
demostraciones acróbatas a cambio de algunas monedas. Cuando le pregunté si iba
a la escuela me confesó tímido, con la sonrisa apagada y una ligera mirada al
piso que él no iba a la escuela y que a diferencia de muchos niños de su edad
que sueñan con el futuro, él no sabía qué quería ser ''cuando sea grande''.
Ese es su día a día, salir de su casa a las seis de la
mañana, que es muy lejana a la avenida Paraguá y tomar una línea de micro que
lo lleve al cuarto anillo y luego de de nueve horas o tal vez más, retornar a casa. Algunas veces su madre
lo acompaña y la veo sentada en la parada de buses de la esquina que de vez en
cuando llama a su hijo para recibir las monedas que él obtuvo.
No estaba acompañado de su madre ese día, pero sí de otros
niños acróbatas amigos de él que salían del canal donde después de descansar
por algunos minutos bajo la única sombra gracias a un inclinado árbol, volvían
a su zona de trabajo, al igual que Joel, tenían confusas sus fechas de
nacimiento, así que seguramente no sabían bien que día era su cumpleaños, su
única preocupación diaria era perfeccionar sus acrobacias y tener más público
para llevar más dinero a casa.
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