Un relato sobre una tradición ya olvidada.
A los 74 años, Elvira Hurtado Roca recuerda con facilidad las
tardes del día de los difuntos que pasaba en el cementerio de Usuri. Es en pocos minutos, donde ella narra toda
la travesía, las tradiciones y el acercamiento familiar del cual era parte hace muchos años.
Conocí a
Elvira desde el momento en que nací, soy una de las pocas personas que la comprende,
a pesar de ser su sobrina , y es que ella no es una de las tías mas cariñosas, desde el principio me trató con mucho respeto al
igual que a los demás que aprecia.
Siempre me
encantaron sus historias, desde aquella, sobre el turco que murió enterrado entre
las cosas de su propio almacén, hasta la de la fabrica que vendía café mezclado
con sangre de vaca. Entre galletas de coco y un pollo horneado, comenzó su
relato sobre la breve reunión con los muertos que tenía hace mucho tiempo y que
no volvió a tener.
La necrópolis de las coronas artificiales
El viaje a
Usuri comenzaba al mediodía. El cementerio (de Usuri) se encontraba en la zona
del Palmar del plan tres mil, pasando por un lugar que todos conocían como
“El Mechero”, este nombre peculiar se le
daba, según Elvira, a causa de que existía un pozo de gas bajo tierra, se
rumoreaba que del lugar surgían llamas debido a la flamabilidad del suelo.
Los padres
de Elvira habían sido enterrados en ese lugar hacia más de 30 años, junto con
sus tíos y otros familiares, no era por tanto raro que el primero de
diciembre de cada año se armara con enseres e hijos y se dirigiera, no sin mucho ruido a
Usuri. La caravana de hermanas y
sobrinos le seguían, (entre ellas Sofía, Julia, Elena, Lidia, Chichina) aprovechaban
el camión de Mario (esposo de Chichina) para trasladarse juntas en esa fecha especial
de visita a los inertes. Era un camino lento y no muy conocido, lleno de tierra y de calor y de uno que otro bache que provoca risas y derrames de comida.
Entre todos
llegabanse a juntar 20 personas, que recorrían un camino de tierra y piedras
por medio día para llegar a su destino. La visita duraba más de seis horas entre rezos, charlas, juegos de cartas y
chismes de todo, y para todos el tiempo se pasaba tan rápido como el viento les
llenaba las caras de tierra. Durante la tarde el apetito se les abría, y era
entonces cuando comenzaba el regocijo y la batida por tratar de tomar mayor
cantidad de empanadas o beber mayor cantidad de somo.
Daban las
seis, un hombre religioso se tomaba la molestia de bendecir las tumbas y a las
personas, que recibían gustosas las gotas de aguas regadas por las flores de
este hombre vestido de sotana, a través de rezos la gente recordaba a sus
muertos y creían (como se cree en varias religiones) que mientras más rezos mejor, tanto así que los niños
pobres de las cercanías de Usuri se tomaban la libertad de intercambiar rezos en voz alta por
galletas, empanadas o incluso algunas monedas. Era de esta manera
que se realizaba un pacto bien conocido
por todos, este pacto tan banal como lo es intercambiar religión por comida.
Nacida de
los más insulsos pensamientos se realizaban las competencias de las coronas artificiales.
Las coronas eran argollas de fierro del diámetro mayor a un balón de
basquetbol, que se recubrían con flores artificiales hechas de papel crepe,
plástico o hule para decorar las tumbas de los seres queridos. Cada familia que
se respetara en aquella época debía preparar sus propias coronas, y demostrar
que sus tumbas eran las más hermosas.
En el caso de Elvira, a ella le interesaba más la preparación de la comida, por lo que la elaboración de las coronas quedaban en manos de Julia, que tomaba de ayudantes a las hijas menores de Elvira y las instruía en el arte de las coronas de papel para los muertos. El panteón quedaba de un colorido vivaracho, que se llegaba a borrar un año después cuando el viento derrumbaba la ultima corona ya destruida por la lluvia y el sol.
En el caso de Elvira, a ella le interesaba más la preparación de la comida, por lo que la elaboración de las coronas quedaban en manos de Julia, que tomaba de ayudantes a las hijas menores de Elvira y las instruía en el arte de las coronas de papel para los muertos. El panteón quedaba de un colorido vivaracho, que se llegaba a borrar un año después cuando el viento derrumbaba la ultima corona ya destruida por la lluvia y el sol.
Llevaban
mesas y sillas, periódicos e incluso algunos aventureros robaban mangas y
sandías de las fincas de al lado. Era una época divertida, con mucha confianza
en las personas y con crímenes que no pasaban del robo de una fruta.
Hoy Elvira está
sentada en un banco de cemento, los huesos de sus padres fueron trasladados al
cementerio general, después de la disposición de una de sus hijas mayores
diciendo a viva voz que Elvira y sus tías
ya no se encuentran en edad de realizar travesías
como las de aquellas tardes en Usuri. Solitaria, no tarda ni veinte minutos en
realizar sus diligencias entre las tumbas. Recuerda pequeños fragmentos y
pequeñas excusas que transformaban un día de retribución al mundo del más allá,
como el pretexto fantástico para armar una reunión llena de alegría entre los vivos.
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