miércoles, 10 de diciembre de 2014

La vida sigue, incluso en la cárcel

8:20 a.m.

Las llantas del bus poco a poco dejaron de girar, deteniéndose en el camino de tierra y barro.
Dentro, los pasajeros (estudiantes de Comunicación y Psicología y dos docentes) hacían los últimos preparativos en un ambiente de nerviosismo, excitación y preocupaciones dispersas acerca de qué llevar con uno al bajar del vehículo que los había transportado desde su universidad privada hasta aquel destino apartado y silencioso, llamado Palmasola, el centro penitenciario de Santa Cruz.

Los docentes, Milka Costas y Osman Patzi, dieron las últimas instrucciones a la veintena de jóvenes de la cual eran responsables. Sólo habían cuatro varones entre el grupo de estudiantes.

Las instrucciones habían sido vestir de manera sencilla, tratar de mezclarse, no destacar, cuidar los gestos y movimientos y, en especial, no andar solo.

Los estudiantes, varios de ellos nerviosos al visitar por primera vez un lugar considerado peligroso, en un inicio se mantuvieron juntos en un sólido grupo que se movía como conjunto, atrayendo las miradas de aquellas personas que estaban haciendo fila para entrar a la prisión, quizás por la obvia diferencia en la apariencia y actitud del numerosos y juvenil grupo.

Lentamente, pequeños grupos de dos, tres, cuatro estudiantes, fueron desprendiéndose del grupo principal, siguiendo sus propios rumbos en busca de información.

El cielo cubierto de nubes, el viento frío. Un muro de unos cuatro metros de altura delimitaba el Centro de Rehabilitación Santa Cruz Palmasola, separándolo del resto del mundo.

En la parte frontal de la cárcel, pensiones, vendedores de fruta, quioscos y pequeños domicilios conformaban un barrio apartado de la ciudad.

Policías deambulaban regularmente por la zona.

"Es más seguro que en el centro", fue lo que opinaron cuatro muchachas de entre catorce y quince años, las cuatro estudiantes de un colegio cercano a la prisión.

Ana Guzmán, sin embargo, enunció con convicción y negando con la cabeza que el lugar "no es seguro". Ella es la joven propietaria de una tienda de ropa de segunda mano desde hace un mes. Según ella, la ubicación de su tienda (en frente de la cárcel) es lo que la ha salvado de sufrir robos, pues contó que en otras tiendas más alejadas sí les habían robado.

Y a pesar de las opiniones contradictorias, el grupo de jóvenes en el cual en un principio predominaban la inseguridad y la duda, fueron ganando confianza para preguntar y conocer un lugar en el que los niños jugando a sus anchas con los perros callejeros y las señoras aprovechando cualquier oportunidad para hacer negocio demuestran que la vida sigue. Incluso en la cárcel.

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